Therian: identidad simbólica, alarma social y lo que realmente dice la psicología
Therian: identidad simbólica, alarma social y lo que realmente dice la psicología
Luisa De Gerónimo
Luisa De Gerónimo
Psicóloga, especializada en Psicología Clínica
Políticas de Transparencia Milenio
Lunes 16 de febrero de 2026 | 02:25

Nota: Este resumen fue generado por una herramienta de inteligencia artificial y revisado por el editor y el autor de este artículo.

En las últimas semanas, jóvenes que se identifican como "therian" —personas con una conexión profunda hacia un animal que integran en su identidad— generaron debate en redes. Las reacciones oscilan entre considerarlo una moda o un síntoma de deterioro social. Sin embargo, los criterios clínicos (DSM-5) no lo clasifican como trastorno a menos que genere malestar significativo, deterioro funcional o pérdida de realidad. Los algoritmos digitales amplifican conductas minoritarias, distorsionando su prevalencia. Históricamente, la identificación simbólica con animales existe en diversas culturas. La clave no es alarmarse, sino distinguir entre exploración identitaria y un cuadro clínico real que requiera intervención.

Jóvenes "therian" generan controversia en redes al identificarse con animales. Según criterios clínicos, esto no constituye un trastorno mental por sí mismo, sino una expresión identitaria amplificada por algoritmos digitales. La clave está en distinguir entre exploración simbólica y un cuadro clínico con sufrimiento o deterioro real.

En las últimas semanas comenzaron a circular en redes sociales videos de jóvenes que se identifican como “therian”: personas que describen una conexión profunda con un animal y que integran esa referencia en su identidad. Las imágenes, muchas veces acompañadas de accesorios o relatos en primera persona, generaron reacciones inmediatas. Entre la curiosidad y el desconcierto, no faltaron comentarios que hablan de “locura”, “decadencia” o “pérdida de rumbo social”.

Las respuestas públicas suelen oscilar entre dos extremos. Por un lado, quienes minimizan el fenómeno como una simple moda pasajera de internet. Por otro, quienes lo interpretan como señal de un deterioro psicológico colectivo. Ambas lecturas, aunque opuestas, comparten algo en común: simplifican un fenómeno que requiere más análisis que reacción.

Antes de etiquetar, conviene detenerse en una pregunta central: ¿estamos frente a un problema de salud mental o ante una expresión cultural amplificada por las redes? La diferencia no es menor. En psicología y psiquiatría, no todo lo inusual constituye un trastorno. La rareza, por sí sola, no es sinónimo de patología.

Además, la percepción puede distorsionarse con facilidad. Los algoritmos priorizan aquello que genera sorpresa, polémica o impacto visual. Así, un grupo reducido puede adquirir una visibilidad que no necesariamente refleja su tamaño real. Lo minoritario se vuelve omnipresente en la pantalla y, con ello, parece más extendido de lo que efectivamente es.

Comprender este contexto es clave para abordar el tema con serenidad. Antes de asumir que estamos ante una crisis psicológica, conviene analizar qué define realmente un trastorno mental y qué papel juega la amplificación digital en la construcción de nuestra percepción colectiva.

¿Es un trastorno mental? Qué dicen los criterios clínicos

Cuando aparece un fenómeno que desafía categorías tradicionales, la primera pregunta suele ser si se trata de un problema psiquiátrico. Para responder con rigor, es necesario apoyarse en criterios clínicos claros y no en impresiones personales.

En psiquiatría, los diagnósticos no se establecen por lo llamativo de una conducta ni por su rareza cultural. Los manuales de referencia internacional, como el DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), no clasifican como trastorno a una identidad o creencia por resultar inusual. Para que exista un cuadro clínico deben cumplirse condiciones específicas.

Entre los criterios centrales se encuentran tres elementos:

  1. Malestar clínicamente significativo. La persona experimenta sufrimiento intenso, persistente y que interfiere en su bienestar.
    Deterioro funcional. Hay afectación clara en la vida cotidiana: abandono escolar o laboral, ruptura de vínculos, incapacidad para sostener actividades básicas.
    Pérdida de juicio de realidad. Se mantienen creencias firmes e inamovibles que no admiten contraste con la evidencia y que no pueden explicarse por contexto cultural o simbólico.

  2. Identificarse simbólicamente con un animal, por sí mismo, no cumple ninguno de estos criterios. No figura como diagnóstico en el DSM-5 ni en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11). Desde el punto de vista técnico, no existe una categoría clínica llamada “therian”.

Distinto sería el caso en que una persona afirmara, de manera literal y persistente, ser biológicamente un animal y actuara en consecuencia, sin reconocer su condición humana. En ese escenario, el foco no estaría en la etiqueta cultural, sino en la posible presencia de un trastorno psicótico u otro cuadro que implique pérdida de contacto con la realidad.

La diferencia es fundamental: la psicología no evalúa si algo resulta extraño, sino si genera sufrimiento, deterioro o desconexión con la realidad. Sin esos elementos, no puede hablarse de enfermedad mental en términos clínicos.

El efecto algoritmo: cuando la percepción supera a la realidad

Una variable central para entender este fenómeno no está en la clínica, sino en la tecnología. Las redes sociales no muestran el mundo en proporción; muestran lo que genera interacción. Y lo que sorprende, incomoda o rompe esquemas suele circular más.

Los algoritmos priorizan el contenido que produce reacción emocional: asombro, indignación, risa, polémica. En ese contexto, expresiones minoritarias pueden adquirir una visibilidad desproporcionada. Un conjunto reducido de cuentas activas, replicadas y comentadas miles de veces, puede instalar la sensación de que estamos frente a una tendencia masiva.

Este mecanismo se combina con un sesgo psicológico conocido como “sesgo de disponibilidad”: tendemos a evaluar la frecuencia de algo según cuán fácil nos resulta recordarlo. Si vemos repetidamente videos de jóvenes que se identifican como animales, nuestro cerebro puede concluir que el fenómeno está extendido, aunque los datos no indiquen un crecimiento significativo en la población general.

La dinámica digital también incentiva la performatividad. Algunas identidades se expresan con mayor intensidad en entornos online que en la vida cotidiana. La pantalla amplifica gestos, símbolos y relatos que, fuera de ese espacio, pueden tener un peso mucho menor. Esto no implica falsedad necesariamente, pero sí una diferencia entre visibilidad y prevalencia.

Históricamente, fenómenos juveniles minoritarios han sido percibidos como amenazas sociales cuando alcanzan exposición mediática. La diferencia actual es la velocidad y escala de la difusión. Lo que antes quedaba circunscripto a pequeños grupos ahora puede viralizarse en horas y atravesar fronteras.

Comprender este contexto tecnológico permite relativizar la sensación de expansión descontrolada. La pregunta no es solo cuántas personas se identifican de este modo, sino cuánto contribuye la arquitectura digital a que lo veamos constantemente.

Antecedentes históricos y culturales: lo simbólico no es nuevo

La relación entre lo humano y lo animal ha tenido una carga simbólica profunda a lo largo de la historia. Desde las primeras representaciones rupestres hasta mitologías complejas, los animales no solo fueron recursos de supervivencia, sino también fuentes de identidad, proyección y significado.

En muchas culturas originarias existieron sistemas simbólicos como el totemismo, donde un clan o grupo se vinculaba espiritualmente con un animal protector o ancestral. En estos casos no se trataba de creer literalmente “ser” ese animal, sino de establecer una conexión espiritual o identitaria dentro de un marco cultural compartido y socialmente validado.

Las mitologías del mundo también están llenas de figuras híbridas —deidades con rasgos animales, transformaciones simbólicas, relatos de metamorfosis— que expresan dimensiones psicológicas profundas: fuerza, instinto, peligro, protección. La figura del hombre lobo en Europa o los nahuales en Mesoamérica son ejemplos de narrativas donde lo humano y lo animal se entrelazan como metáfora, no como diagnóstico.

Es importante marcar la diferencia: los contextos rituales o míticos no son equivalentes a fenómenos identitarios actuales. Funcionan dentro de estructuras culturales colectivas, no como experiencias individuales aisladas mediadas por redes sociales.

En tiempos más recientes, las llamadas “tribus urbanas” también generaron inquietud social. Los emos, ciertos grupos góticos vinculados a estéticas vampíricas o comunidades como los “furries” —centradas en la creación y representación de personajes animales antropomórficos— fueron interpretados por algunos sectores como señales de crisis cultural. Con el tiempo, la mayoría de estas expresiones se comprendieron como subculturas juveniles con códigos estéticos propios, no como patologías colectivas.

La historia social muestra un patrón repetido: cuando una minoría adopta formas visibles de identidad que desafían normas dominantes, la reacción suele oscilar entre curiosidad y alarma. Sin embargo, la incomodidad social no es en sí misma un indicador clínico.

La diferencia contemporánea no está en que surjan nuevas formas de identificación simbólica, sino en que hoy se desarrollan en entornos digitales que potencian su visibilidad y aceleran su difusión.

¿Cuándo debería preocuparnos? El límite clínico real

Hasta aquí hemos visto qué no es un trastorno. Ahora corresponde delimitar con claridad cuándo sí podría haber un motivo de consulta profesional.

En salud mental no se evalúa la rareza de una identidad, sino su impacto. La pregunta clave no es “¿esto es extraño?”, sino “¿esto está generando sufrimiento o deterioro?”.

Desde un encuadre clínico, habría señales de alerta si aparecen alguno de estos elementos:

1. Pérdida de juicio de realidad

Si la persona sostiene de forma rígida y literal que biológicamente no es humana, niega evidencia básica y no puede flexibilizar esa creencia ante el diálogo, podríamos estar ante un posible cuadro psicótico u otra alteración del pensamiento.
Aquí el foco no sería la etiqueta “therian”, sino la desconexión con la realidad compartida.

2. Aislamiento social marcado

Cuando la identidad se convierte en el único eje vital, desplazando vínculos, estudio o trabajo, y generando retraimiento severo, conviene evaluar qué función está cumpliendo esa identificación.

3. Malestar significativo

Si hay angustia intensa, ansiedad, depresión o autolesiones asociadas, el problema no es la identidad en sí, sino el sufrimiento emocional que la rodea.

4. Conductas de riesgo

Cualquier práctica que ponga en peligro la integridad física o la de terceros requiere intervención, independientemente de la narrativa identitaria que la acompañe.

Lo que no constituye criterio clínico

  • Usar accesorios o estética asociada a un animal.
    Describir una conexión simbólica o espiritual.
    Participar en comunidades online con códigos propios.
    Explorar identidades en la adolescencia.

  • La adolescencia, en particular, es una etapa de experimentación identitaria. El cerebro está en pleno proceso de maduración —especialmente las áreas vinculadas al control de impulsos y la consolidación del yo—. La exploración no equivale automáticamente a fijación permanente.

Desde una mirada analítica, muchas identidades juveniles funcionan como ensayo simbólico: permiten expresar rasgos de personalidad, emociones o conflictos internos a través de metáforas. Identificarse con un lobo puede representar fortaleza o pertenencia; con un gato, independencia; con un ave, deseo de libertad. El símbolo cumple una función psicológica, no necesariamente delirante.

La clave clínica es distinguir entre metáfora consciente y creencia rígida con pérdida de realidad. Esa diferencia cambia por completo el encuadre.

Hay que comprender antes que reaccionar

Cada generación encuentra nuevas formas de nombrarse y diferenciarse. Que una expresión resulte desconcertante no la convierte automáticamente en patológica.

Desde el punto de vista clínico, identificarse simbólicamente con un animal no constituye un diagnóstico en sí mismo. Para hablar de trastorno deben existir sufrimiento significativo, deterioro funcional o pérdida de contacto con la realidad.

Ahora bien, como ocurre con muchas expresiones identitarias intensas en la adolescencia, en algunos casos puede haber malestar emocional de fondo. La identidad no necesariamente es el problema, pero puede funcionar como lenguaje simbólico de angustia, búsqueda de pertenencia o conflicto interno. Cuando hay sufrimiento, aislamiento marcado o conductas de riesgo, corresponde evaluación profesional.

La clave no es trivializar ni alarmar. Es distinguir entre exploración identitaria y cuadro clínico. La salud mental no se define por la estética ni por la rareza, sino por el bienestar y la capacidad de sostener vínculos y proyectos.

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