En el fervor actual por la Inteligencia Artificial, una ecuación se ha instalado como sentido común: a más supercómputo, más inteligencia. Esta narrativa, amplificada por los intereses comerciales de un ecosistema tecnológico centrado en el hardware, promueve una visión reduccionista del progreso. Negar el rol habilitador de la escala sería tan simplificador como absolutizarlo. El desafío no es desechar la infraestructura, sino evitar que su fetichización eclipse la investigación en los problemas conceptuales no resueltos que limitan a la IA actual.
Es innegable que el escalamiento masivo de modelos ha producido capacidades emergentes sorprendentes, como el in-context learning (aprender a partir de ejemplos dentro de una instrucción), el razonamiento paso a paso (chain-of-thought) y una mejor generalización en tareas diversas. Estos logros empíricos son reales y útiles. Sin embargo, confundir estas mejoras incrementales en el desempeño (performance) con un salto hacia la comprensión genuina es un error que puede frenar el desarrollo futuro del campo.
La escala es una herramienta, no una teoría
El problema central radica en confundir una herramienta—la capacidad de procesamiento—con el objetivo final: construir sistemas que comprendan y razonen. La comprensión aquí no se refiere a superar un examen estandarizado, sino a la capacidad de un sistema de formar modelos internos del mundo, de distinguir la causalidad de la correlación y de justificar sus conclusiones con razones verificables. Un modelo del mundo no es una base de datos gigante de texto e imágenes, sino una representación estructurada que permite inferencias sobre cómo funcionan las cosas.
Del mismo modo, la verdadera agencia va más allá de la autonomía operacional básica; implica tener objetivos, comprender el contexto de las acciones y aprender de la experiencia de manera estructurada. Estas capacidades no emergen espontáneamente al añadir más parámetros o potencia de cálculo. “La solución no llegará solo con más GPUs, sino mediante la investigación de nuevos paradigmas”, que aborden estos vacíos conceptuales.
Del conflicto a la tensión productiva: infraestructura guiada por teoría
La dicotomía no es, por tanto, "infraestructura versus investigación conceptual", sino "infraestructura sin hipótesis versus infraestructura al servicio de una teoría". El riesgo político y económico concreto es la inversión masiva en centros de cómputo sin un criterio científico claro, destinados a escalar paradigmas existentes en lugar de probar ideas nuevas. Esto desvía recursos finitos—económicos e intelectuales—de los laboratorios que buscan respuestas a preguntas fundamentales.
Para transformar esta crítica en una herramienta de decisión práctica, se pueden priorizar tres orientaciones:
Fomentar equipos mixtos que combinen expertos en infraestructura con teóricos de la cognición, la lógica y la filosofía de la mente.
Diseñar mecanismos de financiamiento que protejan la investigación no alineada con los horizontes comerciales cortoplacistas, premiando la exploración de hipótesis arriesgadas.
Evitar que métricas puramente computacionales (como la cantidad de petaflops o de parámetros) se conviertan en los únicos indicadores clave (KPIs) del progreso, complementándolas con evaluaciones de comprensión, coherencia y razonamiento.
El avance de la IA se encuentra en una encrucijada. Puede continuar por la senda cómoda de la escala incremental, midiendo su éxito en unidades de potencia comprada, o puede redirigir parte de esa inmensa energía y talento hacia la resolución de sus límites más profundos. El futuro del campo no depende de cuán grandes puedan ser sus máquinas, sino de la calidad de las ideas que decide explorar.