Durante décadas, el diagnóstico del Alzheimer estuvo limitado a métodos costosos, invasivos o disponibles solo en centros especializados. Estudios recientes están modificando ese escenario: investigadores de distintos países avanzan en el desarrollo de análisis de sangre capaces de detectar biomarcadores asociados a la enfermedad, incluso antes de que aparezcan los primeros síntomas clínicos.
El foco principal de estas investigaciones está puesto en proteínas vinculadas al proceso neurodegenerativo, como las formas específicas de tau fosforilada —en particular p-tau217— y marcadores relacionados con la acumulación de beta amiloide. Diversos estudios mostraron que los niveles de estas proteínas en sangre guardan una alta correlación con los resultados obtenidos mediante tomografía por emisión de positrones (PET) y análisis de líquido cefalorraquídeo, considerados hasta ahora los estándares diagnósticos más precisos.
Menos invasión, mayor acceso
Uno de los aspectos más relevantes de estos avances es la posibilidad de reducir la dependencia de procedimientos invasivos, como la punción lumbar, o de estudios de alto costo, como el PET cerebral. Un análisis de sangre permitiría ampliar el acceso al diagnóstico temprano, especialmente en sistemas de salud con recursos limitados o en etapas iniciales de evaluación clínica.
Especialistas señalan que estas pruebas no buscan reemplazar por completo a los métodos actuales, sino funcionar como una herramienta de tamizaje o apoyo diagnóstico, facilitando la identificación de pacientes que requieren estudios más complejos o seguimiento especializado.
Diagnóstico precoz y ensayos clínicos
La detección temprana es clave en el abordaje del Alzheimer. Si bien hoy no existe una cura, identificar la enfermedad en fases iniciales permite planificar tratamientos, intervenciones no farmacológicas y cuidados de manera más eficaz. Además, los biomarcadores sanguíneos podrían mejorar la selección de pacientes para ensayos clínicos de nuevas terapias, un punto crítico en el desarrollo de fármacos dirigidos a modificar la progresión de la enfermedad.
En los últimos años, algunos de estos análisis ya comenzaron a recibir avales regulatorios parciales para su uso clínico en determinados contextos, principalmente como pruebas para descartar patología amiloide en pacientes con deterioro cognitivo leve.
Limitaciones y cautela
Los investigadores advierten que, pese al progreso, estas pruebas aún enfrentan desafíos. Entre ellos, la necesidad de estandarizar métodos, definir puntos de corte universales y evaluar su desempeño en poblaciones diversas. También subrayan que un resultado positivo no equivale, por sí solo, a un diagnóstico definitivo, sino que debe interpretarse dentro de un contexto clínico más amplio.
El consenso científico es claro: los análisis de sangre representan uno de los avances más prometedores en el campo del Alzheimer, pero su incorporación masiva a la práctica médica será gradual y requerirá validación continua.
Lo que hasta hace poco era experimental hoy empieza a consolidarse como una herramienta concreta. Sin promesas de curación, pero con impacto potencial en el diagnóstico, el seguimiento y la investigación, la sangre comienza a ofrecer nuevas pistas sobre una de las enfermedades más complejas y desafiantes de nuestro tiempo.









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