Cada vez es más común leer una nota y no saber qué es qué. Un título informa, el texto opina. Una supuesta noticia empuja una agenda. Un contenido pago se presenta como cobertura editorial. La confusión no es un error del lector: es una falla del sistema.
La confianza en los medios no se rompe de un día para otro. Se erosiona cuando las reglas dejan de ser visibles. Cuando no queda claro quién escribe, con qué datos, bajo qué criterios y con qué intereses. En ese punto, la discusión deja de ser ideológica y pasa a ser metodológica.
Por eso, en los últimos años, distintas iniciativas internacionales empezaron a poner el foco en algo básico: hacer explícito el proceso editorial. No se trata de sellos ni de pertenencias, sino de prácticas concretas que permiten entender qué se está leyendo. Autorías identificables, fuentes chequeables, políticas públicas de corrección, separación estricta entre información, análisis y opinión.
El mayor problema aparece cuando esas fronteras se desdibujan. La opinión no es el enemigo de la información; el problema es cuando se disfraza de dato. Lo mismo ocurre con el contenido promocional: no es ilegítimo, pero deja de ser honesto cuando no se declara. En esos casos, el lector no elige: es inducido.
A eso se suma la lógica de distribución. Los sistemas que deciden qué se ve primero no premian precisión ni contexto. Premian reacción. Titulares duros, simplificaciones, conflicto. Informes recientes sobre consumo de noticias muestran que el contenido más compartido no suele ser el más riguroso, especialmente en situaciones sensibles.
El resultado es visible: desconfianza generalizada, polarización y una audiencia que ya no distingue entre hechos, interpretación y propaganda. No porque no quiera, sino porque nadie se lo marca.
Para los medios que recién se consolidan, esto no es una discusión abstracta. Sin trayectoria que funcione como escudo, la única forma de construir credibilidad es mostrar las reglas desde el primer día. Publicar menos, explicar más, rotular mejor. No alcanza con decir “somos independientes” si el método no se ve.
Cuando las reglas editoriales están claras, el lector puede estar en desacuerdo. Puede cuestionar una mirada o discutir un enfoque. Lo que no hace es dudar de todo. Y esa diferencia —mínima en apariencia— es la que separa a la información de la propaganda.







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