El mundo ingresó esta semana en una etapa inédita desde el final de la Guerra Fría: por primera vez en más de medio siglo, Rusia y Estados Unidos ya no están sujetos a ningún tratado que limite de forma vinculante sus arsenales nucleares estratégicos.
El acuerdo Nuevo START expiró el jueves 5 de febrero a las 00:00 GMT, liberando formalmente a Moscú y Washington de las restricciones que desde 2010 regulaban la cantidad de ojivas nucleares desplegadas y los mecanismos de verificación mutua. El tratado fijaba un tope de 1.550 ojivas estratégicas por país y permitía inspecciones in situ, suspendidas desde 2023 en el marco del deterioro de las relaciones bilaterales.
La expiración del acuerdo fue confirmada por Rusia, que dio por terminada cualquier obligación derivada del tratado. “Asumimos que las partes del Nuevo START ya no están ligadas a ninguna obligación ni declaración simétrica”, señaló el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso en un comunicado. Sin embargo, desde el Kremlin aseguraron que actuarán “con prudencia y responsabilidad” y que Moscú sigue abierta a eventuales negociaciones para preservar la estabilidad estratégica.
Desde Estados Unidos, la reacción fue más cauta. El secretario de Estado, Marco Rubio, evitó definiciones inmediatas y recordó la posición histórica del presidente Donald Trump: cualquier nuevo esquema de control de armas debería incluir también a China, cuyo arsenal nuclear, aunque menor, crece de forma sostenida.
La preocupación internacional no tardó en manifestarse. El secretario general de la ONU, António Guterres, calificó el final del tratado como “un momento grave para la paz y la seguridad internacional” y advirtió que el riesgo de uso de armas nucleares es hoy “el más alto en décadas”. Guterres instó a Washington y Moscú a retomar negociaciones “sin demora” para acordar un marco sucesor que evite una carrera armamentística descontrolada.
El impacto del vencimiento del Nuevo START es significativo: Rusia y Estados Unidos concentran conjuntamente más del 80% de las ojivas nucleares del mundo. La ausencia de límites legales elimina no solo los topes cuantitativos, sino también los mecanismos de transparencia y verificación que, durante años, funcionaron como herramientas de confianza mínima entre ambas potencias.
En septiembre de 2025, el presidente ruso Vladimir Putin había propuesto extender el tratado por un año. La iniciativa fue considerada entonces una “buena idea” por Trump, pero no tuvo seguimiento formal por parte de Washington, lo que dejó al acuerdo sin una salida negociada antes de su vencimiento.
Desde Europa, las reacciones apuntaron mayormente a Moscú. Francia, única potencia nuclear de la Unión Europea, calificó la situación como “la culminación de una serie de retrocesos” en las normas de control estratégico y llamó a Estados Unidos, Rusia y China a reconstruir un sistema internacional de control de armamentos. En la misma línea, organizaciones como ICAN reclamaron a ambas potencias que respeten de facto los límites del tratado mientras se negocia un nuevo marco.
Incluso el papa León XIV se sumó a las advertencias, alertando sobre el riesgo de una nueva carrera armamentística y llamando a reemplazar “la lógica del miedo y la desconfianza” por una ética compartida en materia de seguridad global.
Más allá de los llamados diplomáticos, el dato central es concreto: el sistema de control nuclear heredado del final de la Guerra Fría quedó formalmente desactivado. Si habrá un reemplazo o si el mundo entra en una etapa de competencia nuclear sin reglas claras dependerá, en gran medida, de decisiones políticas que hoy siguen abiertas, y sin plazos definidos, en Washington y Moscú.











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