Entre mandatos históricos y expectativas modernas, muchas mujeres siguen cargando con la idea de que deben poder con todo. Una reflexión sobre la autoexigencia femenina, el costo emocional de ese ideal y a quién beneficia que siga vigente.
Durante décadas, las madres han asumido la mayor parte de la crianza de los hijos y de las tareas domésticas. Ese trabajo constante, invisible y no remunerado, genera estrés, agotamiento y culpa, alimentados por la presión de ser una madre presente, una profesional eficiente, una pareja disponible y, además, sostener el funcionamiento cotidiano del hogar sin fallar.
Los avances del movimiento feminista ampliaron el acceso de las mujeres al mundo laboral, académico y profesional. Sin embargo, esa ampliación no vino acompañada, en la misma medida, de una redistribución real de las responsabilidades domésticas. En la práctica, muchas mujeres sumaron trabajo pago sin restar trabajo en casa.
Desde temprano, muchas asumen que lo doméstico es su responsabilidad principal. Pedir ayuda aparece como excepción, no como regla. Aunque hoy muchos padres participan más en las tareas del hogar, la lógica persiste: la madre se encarga y el padre colabora. Esa diferencia, aparentemente sutil, sostiene una carga mental desigual y una exigencia constante de control y organización.
A esta dinámica se suman mandatos profundamente internalizados: poder con todo, hacerlo bien, no fallar. El ideal de ser exitosas en lo profesional, lo familiar y lo personal alimenta la fantasía de que “se puede con todo”. No es un ideal inocente: es inalcanzable y genera un malestar persistente que suele vivirse como un problema individual.
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿a quién le sirve que las mujeres crean que tienen que llegar a todo?
Mientras ellas se autoexigen, el sistema no se modifica. Los horarios laborales siguen siendo rígidos, las licencias insuficientes, la corresponsabilidad parcial y el cuidado continúa siendo tratado como un problema privado. La autoexigencia femenina, muchas veces, termina funcionando como un mecanismo silencioso de adaptación a estructuras que no se revisan.
Desarmar estos ideales implica algo más que bajar la exigencia personal. Implica reconocer el impacto emocional de sostener lo insostenible y aceptar que la perfección no es una meta realista. Aceptar límites no es resignarse: es dejar de asumir como propias responsabilidades que deberían ser compartidas.
Plantearse tareas acordes a las posibilidades reales, considerando tiempo, energía y descanso, no es falta de compromiso, es una forma de cuidado y también una forma de resistencia a un modelo que naturaliza el desgaste.
Cuidar el bienestar emocional y físico no debería ser el último punto de la lista ni una recomendación individual aislada. Es una condición básica para sostener la vida cotidiana sin que el costo sea el agotamiento permanente de quienes, históricamente, aprendieron a adaptarse antes que a exigir cambios.
Lic. Luisa de Gerónimo
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