Más que un viaje: la transformación subjetiva y los duelos invisibles de la experiencia migratoria
Más que un viaje: la transformación subjetiva y los duelos invisibles de la experiencia migratoria
Luisa De Gerónimo
Luisa De Gerónimo
Psicóloga, especializada en Psicología Clínica
Políticas de Transparencia Milenio
Jueves 29 de enero de 2026 | 13:48

Nota: Este resumen fue generado por una herramienta de inteligencia artificial y revisado por el editor y el autor de este artículo.

La migración es un proceso que impacta profundamente la identidad y la salud mental, más allá de sus causas económicas o políticas. Implica un duelo por la pérdida de lo conocido (vínculos, cultura, lengua) y un desafío constante de adaptación a un nuevo entorno, donde la discriminación y la soledad son riesgos frecuentes. La experiencia varía según si es voluntaria o forzada, y depende de los recursos psíquicos y del sostén social de cada persona. La construcción de comunidad es un factor clave para el bienestar. El proceso transforma la identidad, sumando nuevas experiencias sin borrar las anteriores, y el retorno al país de origen conlleva sus propias complejidades, ya que tanto el migrante como su contexto han cambiado.

La migración es un proceso que trasciende lo geográfico: implica duelos profundos por lo perdido y una reconstrucción de la identidad. Esta columna explora el impacto psicológico de dejar atrás el hogar y la compleja adaptación a un nuevo entorno.

Migrar no es sólo irse, es un movimiento que atraviesa la identidad, el cuerpo, los vínculos y la forma en que una persona se piensa a sí misma. Aunque solemos hablar de migración en términos económicos o políticos, el impacto subjetivo suele quedar en segundo plano. Y, sin embargo, es ahí donde se juegan muchos de los conflictos más profundos.

En Argentina, la migración no es un fenómeno lejano. Una parte relevante de quienes viven en el país nació en otro lugar, sobre todo en países vecinos, y en los últimos años también creció con fuerza la emigración de argentinos hacia el exterior. Es decir: convivimos cotidianamente con experiencias migratorias, propias o ajenas, aunque no siempre las comprendamos en su complejidad.

Migrar implica dejar algo atrás. A veces por elección, a veces por obligación. Podemos distinguir entre migraciones voluntarias —cuando la decisión responde a un proyecto de vida, estudio, trabajo o desarrollo personal— y migraciones forzadas, marcadas por guerras, persecuciones, crisis económicas extremas o desastres. En estos últimos casos, no hay margen real de elección: se huye para sobrevivir.

Pero incluso cuando la migración es voluntaria, no es algo simple. Emigrar supone enfrentar los propios sentimientos por la partida y, al mismo tiempo, lidiar con la angustia de quienes se quedan. Supone adaptarse a un nuevo contexto, nuevas reglas, nuevas personas, y muchas veces a otro idioma y otras costumbres. El acento, los gestos, la forma de hablar suelen delatar rápidamente al extranjero, y con ello aparecen la discriminación y los prejuicios.

Adaptarse a un nuevo entorno implica atravesar situaciones de desamparo, ansiedad y múltiples pérdidas. ¿De qué pérdidas hablamos? De lo cotidiano: la familia, los amigos, la lengua, los códigos culturales, los rituales, los lugares, todo aquello que daba sentido y pertenencia en el país de origen. Migrar es, en ese sentido, una experiencia de duelo.

Hay un trabajo psíquico doble: por un lado, elaborar lo perdido o abandonado; por otro, apropiarse —o no— del presente. Cambiar de país implica abrirse a lo desconocido, y eso despierta sentimientos ambivalentes. Aparece el temor a dejar de ser quien se era, la necesidad de aferrarse a lo conocido, de sostener la identidad tal como estaba. No es raro que surja la pregunta: ¿sigo siendo el mismo?

Con el tiempo, integrar nuevas formas de vida del país de destino sin borrar lo que fue necesario dejar atrás puede dar lugar a una identidad transformada. No se trata de reemplazar una por otra, sino de sumar. La personalidad puede enriquecerse con nuevas experiencias, siempre que haya recursos psíquicos para sostener ese proceso.

Aquí cobra importancia la estructura de la personalidad y la capacidad de afrontamiento. No todas las personas atraviesan la migración del mismo modo. El aparato psíquico intenta restablecer el equilibrio alterado por el cambio externo, y en ese camino el sostén social es clave. Poder hablar con otros que atraviesan experiencias similares suele aliviar la ansiedad. Por eso, la construcción de comunidad entre migrantes no es un detalle: es un factor de salud mental.

La migración también expone tensiones sociales más amplias. El rechazo al extranjero, la discriminación y el racismo no surgen de la nada. Desde el psicoanálisis, se ha pensado que el odio al otro muchas veces se relaciona con el narcisismo y el miedo a lo diferente, pero también con aquello que cada sujeto rechaza de sí mismo. Lo que resulta inquietante se proyecta hacia afuera.

En ese sentido, todos somos, de algún modo, extranjeros para nosotros mismos. La experiencia humana incluye una alteridad interna, algo que no controlamos del todo. Asumir esa extranjería propia puede volver menos amenazante al otro. Convivir con ella permite respetar la singularidad de cada sujeto y aceptar distintos modos de vida.

La identidad, entonces, no es fija. En la migración se dejan algunas identificaciones y se construyen otras. Se suman experiencias. Pero esta lógica no es exclusiva de quienes cruzan fronteras: el tiempo vivido también nos transforma. Todos migramos, en algún punto, de una versión de nosotros mismos a otra. Seguimos sintiéndonos los mismos, aunque para otros ya seamos distintos.

Un aspecto menos visible, pero igual de complejo, es el retorno. Volver al país de origen no significa volver al mismo lugar. El tiempo pasado afuera, los vínculos que se mantuvieron o se rompieron, las condiciones laborales y habitacionales, todo influye. Quien regresa no es el mismo que se fue, pero el entorno muchas veces espera que lo sea.

Las familias también cambian durante la ausencia. Eso puede generar una ruptura entre la identidad actual del migrante y la imagen que los otros conservan de él. El retorno puede vivirse como fracaso, sobre todo cuando no se cumplen las expectativas económicas. No es casual que muchos migrantes retornados experimenten una fuerte pérdida de pertenencia.

Por eso, pensar la migración solo como un movimiento geográfico es insuficiente. Involucra procesos subjetivos profundos, tanto al irse como al volver. Requiere políticas públicas, sí, pero también comprensión social. Acompañar estos procesos no es solo una cuestión individual: es una inversión en bienestar colectivo.

Migrar transforma. Y entender esa transformación es un paso necesario para construir sociedades más hospitalarias, tanto con quienes llegan como con quienes, alguna vez, deciden volver.

Lic. Luisa de Gerónimo.

Fuentes estadísticas consultadas:

Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022 (INDEC): resultados sobre migración internacional en Argentina, con 1,93 millones de personas nacidas en otro país y 4,2 % de la población total.

Datos comparativos de migración internacional (ONU / OIM): Argentina como país receptor en el contexto regional.

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