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La “teoría del loco” en el poder: por qué la imprevisibilidad desgasta la política y la mente
La “teoría del loco” en el poder: por qué la imprevisibilidad desgasta la política y la mente
Sábado 10 de enero de 2026 | 11:40

Nota: Este resumen fue generado por una herramienta de inteligencia artificial y revisado por el editor y el autor de este artículo.

Psicología, Teoría del loco, Relaciones internacionales, Poder y liderazgo

Desde la psicología, la estrategia de la imprevisibilidad en política erosiona la capacidad de juicio, genera estrés crónico y sustituye la diplomacia por el miedo, con efectos destructivos a largo plazo.

Durante décadas, incluso en los momentos de mayor tensión internacional, existieron ciertos códigos tácitos entre los Estados. Límites difusos, pero reconocibles. Canales de diálogo imperfectos, pero operativos. La llamada “teoría del loco” quiebra ese marco al convertir la imprevisibilidad en un recurso deliberado de poder.

Desde la psicología, lo impredecible no es un simple gesto estratégico: es un factor de estrés sostenido. Genera ansiedad, hiperalerta y una sensación permanente de amenaza. Cuando un líder se presenta como capaz de cualquier acción, no solo busca intimidar a su adversario; altera el proceso mental con el que ese adversario evalúa opciones, riesgos y salidas. El miedo puede inhibir, pero también puede precipitar decisiones impulsivas, especialmente en quienes sienten que ya no tienen nada que perder.

Conviene decirlo con claridad: esta estrategia no surge en el vacío. En escenarios donde el diálogo fue intentado y sistemáticamente desoído —como ocurre con regímenes que rechazan toda negociación genuina— la imprevisibilidad puede volverse eficaz en el corto plazo. Introduce un elemento de ruptura, descoloca, fuerza movimientos. Desde una lógica táctica, pura y dura, puede funcionar.

El problema aparece cuando esta lógica deja de ser excepcional y comienza a normalizarse. La “locura calculada” solo opera mientras los demás crean que existe un cálculo detrás. Cuando la amenaza deja de percibirse como una maniobra estratégica y empieza a vivirse como algo personal, el impacto psicológico cambia de naturaleza. Bajo presión extrema, la evidencia muestra que individuos y grupos reducen su capacidad de pensar a largo plazo. El razonamiento se estrecha a la supervivencia inmediata. En ese punto, la escalada ya no es una decisión racional: es una reacción.

Donald Trump explicitó esta lógica como pocos líderes contemporáneos. Amenazas públicas, giros bruscos, silencios estratégicos y gestos de desafío construyeron una imagen de poder que prescinde de reglas estables. Para algunos, eso es fortaleza. Para otros, implica un deterioro más profundo: la erosión de la confianza en el diálogo como herramienta real y no meramente retórica.

Desde una mirada psicológica, la pregunta central no es si esta estrategia logra resultados inmediatos. Es qué tipo de sistema produce. Un orden internacional donde la imprevisibilidad se premia es un orden donde la desconfianza se institucionaliza, y donde cada actor se prepara para el peor escenario antes incluso de que exista un conflicto explícito.

La teoría del loco se apoya en una suposición riesgosa: que el miedo siempre genera sumisión. Sin embargo, el temor prolongado no solo somete; también endurece, polariza y radicaliza. Cuando el miedo se vuelve clima permanente, deja de ser un mecanismo de control y comienza a socavar los propios cimientos del sistema. La frontera entre estrategia y descontrol se vuelve difusa.

No se trata de diagnosticar líderes ni de moralizar la política internacional. Se trata de comprender que normalizar la imprevisibilidad como método tiene efectos psicológicos concretos, tanto en quienes la ejercen como en quienes la padecen. Puede imponer en el corto plazo, pero dificulta seriamente la construcción de acuerdos estables y previsibles.

La pregunta de fondo, entonces, no es si la “locura” puede ser útil en determinadas coyunturas. Es cuánto puede sostenerse un orden global donde la racionalidad deja de ser el lenguaje común, y qué costos psicológicos, políticos y humanos estamos dispuestos a asumir cuando el poder se ejerce desde la intimidación arbitraria y no desde reglas compartidos.

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